TEXTOS

 

PINTURA QUE CRECE.

 

Recordemos la presencia de lo vegetal en la pintura de los siglos que nos anteceden. Modesta en los inicios, arropando como es debido a la figura religiosa, a la realeza, a la burguesía, que siempre serán el motivo central en nuestra impenitente cultura antropocéntrica. Recordemos la vegetación que adorna los laterales y los fondos en Fra Angelico, los paisajes labrados de Paolo Ucello, la naturaleza acogedora de Botticelli, el frondoso ábside vegetal que resguarda a La virgen de la victoria de Mantegna, las plantas y los frutos al servicio de los rostros en Arcimboldo… Lo vegetal siempre en la periferia de lo humano. No hace más de tres o cuatro siglos que la naturaleza comienza a conquistar el alma de la pintura. Su historia posterior ya nos la sabemos: el paisaje y la vegetación van cubriendo poco a poco algunos cuadros y géneros; van reclamando la atención de los pintores, seduciéndolos.

 

Fruto del progresivo enamoramiento, lo que llamamos naturaleza va cobrando en la pintura un nuevo protagonismo. En el plantel que se nos ofrece descubrimos las pequeñas estampas de vegetación exótica que germinarán en los cuadros de Rousseau el aduanero; las plantas que echarán raíces en la pintura de Frida Kahlo o las que florecerán del pincel de Georgia O´Keeffe. Vegetación que crece y fructifica a su tiempo, en su tiempo. Todo se ramifica a través de una increíble biodiversidad donde lo distinto se va desgranando y encontrando su justo acomodo. Diversidad en el mundo vegetal, en la pintura, dentro de cada cuadro.

 

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Nuestra obra se destila en un territorio extraño, indefinido, que siempre compartimos con aquello que pintamos. Vocación atenta: hemos de saber escuchar el susurro de lo que nos rodea. Incorporar vida vegetal en nuestros cuadros es hacerla nuestra y a la vez entrar en su mundo, hermanados como estamos por un origen que casi nunca recordamos, por lejano e increíble. Pero tuvimos una bisabuela común, una modesta alga que decidió hacerse verde, como nos cuenta Eduardo Galeano. Un alga que se puso a la tarea de transformar la luz del sol para engendrar a todos sus hijos; hijos de la luz y de la clorofila. Nos identificamos con la permanencia de la vida, la de los árboles, la de la pintura. La que nos muestra el Ginkgo de Hiroshima, que rebrotó tres años después de la lluvia negra, como testimonio indiscutible de esperanza.

 

Agradecimiento a nuestra terca madre vegetal, desde el respeto de la pintura.

 

Compartir los dones, comenzando por su cadencia pausada, fruto del deseo de ir haciéndose poco a poco. Intuimos que existe el tiempo dilatado de los pintores, que nunca pudo medirse con relojes, porque también las plantas crecen sin que ellas se den cuenta, como crece el cuadro sin percatarnos de que crece. No comprendemos a través de qué tiempo mágico surgieron todas esas formas y colores, hijos del maridaje entre nuestro deseo inicial y el lienzo en blanco; cómo se van transformando hasta darse por concluidas. Así el sentido de estas pinturas como todo lo que se nutre de la savia. Principio y final, ciclos compartidos. Desde una semilla diminuta surge la planta y da fruto, luego ofrece su simiente y regresa a la tierra para comenzar de nuevo la experiencia del inicio.

 

Nacemos, morimos; el día y la pintura comienzan y concluyen. Entre el inicio y el final: la vida y su celebración.

 

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No es frecuente encontrar hojas, tallos, tejido celular, entremezclándose en el cuadro con todo lo demás que lo constituye; disolviéndose, acariciando los colores, bailando con ellos. Por tanto no procede hablar de pintura descriptiva de lo vegetal, desde el necesario desapego que nos permite objetivar al modelo. No hay aquí distancia, sino íntima fusión entre la pintora y la naturaleza. Su interés por lo que llamamos naturaleza no estriba tanto en la evocación del mundo vegetal, de gran actualidad por su declive a manos de la depredación humana, como el saberse partícipe de las reglas comunes que rigen la biosfera. Lo apuntaba Leonardo: no pintar la naturaleza, sino pintar según la naturaleza nos guía con sus procesos vitales, con su sabiduría.

 

Cada especie se desarrolla según sus genes le van indicando y según el entorno le va permitiendo. Ninguna será igual, pero todas permanecerán fieles a su naturaleza, al menos antes de proliferar por doquier las irreparables heridas transgénicas. No sería sincera una aspidistra disfrazada de rosal; se desvelaría pronto ante un sol implacable. Tampoco deben mediar engaños y disfraces entre el pintor y su pintura. Es imposible que desde la sinceridad pintemos otra cosa distinta a nosotros mismos. Sea a través de los cacharros de un bodegón, de un paisaje con nubes, de los colores de un cuadro abstracto; atravesando todo ello, en todo ello, se entreverá el alma del autor. Así, en estas pinturas encontramos a Patricia entre las plantas y los colores compartiendo los mismos ritmos, la danza y la alegría.

 

La pintura nos habla impregnándose de aquello que estima. Aquí encontramos luz, trazo, simiente, y todo lo que es consustancial a la biosfera que nos acoge. Convivencia, mezcla, fructífero mestizaje. Y desde el fondo del bullicio surge la idea de unidad, el “todo es uno” de la mística. No hay jerarquía, una figura que reine sobre todo lo demás, tampoco una estabilidad socorrida para el descanso de los sentidos. En el mundo vegetal o en estos cuadros nada está quieto, porque a todo lo vivo se le encomienda la tarea del movimiento. Pero moverse no implica necesariamente desplazarse a algún sitio predecible; del don de la deriva tampoco se sigue la fría linealidad o alguna rectitud impuesta. Recordemos la fascinación del giro y de lo circular. Turner lo apuntaba en sus tempestades: la estabilidad del horizonte no tiene porqué ser lo más seductor. Belleza del exceso bien entendido en estas pinturas, ese aroma de belleza que parecía definitivamente proscrito en el arte contemporáneo. Recordemos a Klimt, a Matisse, a Kandinsky; casi se nos olvidaron. Y el caos, el temido caos. Esa forma de orden natural que se evita porque no se conoce su compleja estructura, su sentido profundo. Patricia nos ofrece la coexistencia de lo definido y lo abstracto, nos brinda el difícil equilibrio entre intuición y oficio, entre el control y la sorpresa. Y el baile, el baile de todo lo que entrelazado anda creciendo. Pintura que crece.

 

 José Albelda. 

 

 


 

ANTE LA NECESIDAD DE UNA CÓMPLICE MIRADA

 

La realidad patrocina infinitos desarrollos para posibilitar otros tantos desenlaces plásticos. Desde su manifiesta representatividad la naturaleza genera planteamientos que decantan asuntos de suma trascendencia artística. No están éstos, sin embargo, libres de postulados que rocen lo epidérmico, cuando no, de patéticos resultados a la búsqueda de una concreción mimética que no hacen si no un flaco favor a la propia manifestación de esa realidad. Por eso cuando nos encontramos con artistas preocupados por una búsqueda de intereses plásticos y artísticos que desencadenen nuevas ofertas pictóricas y en los que la naturaleza de lo representado aporta intereses comprometidos con un arte en abierta expansión, estamos ante el patrocinio de un concepto artístico que asume una pintura abierta, sin complejos y llena de diáfanas perspectivas.
 
 Patricia Ruiz asume el máximo sentido de una figuración velada en la que la realidad ha perdido sus connotaciones habituales para decantarse por posiciones tangentes a una naturaleza que presenta sus parámetros más expresivos. En su pintura todo queda supeditado a unos márgenes meramente pictóricos que deja a un lado las fronteras de lo mimético para afrontar horizontes que, rozando lo imposible, nos adentran por un complejo pictórico lleno de infinitas posibilidades artísticas.

 No es fácil en una pintura de esa naturaleza sustraerse a los modelos preestablecidos; ni mucho menos asumir su realidad intrínseca. La artista aquí se evade de todo compromiso y se decanta por situaciones particularísimas donde todo está supeditado a los complejos de un concepto que mediatiza la representación y abre las perspectivas significativas. Además, Patricia Ruiz deja bien a las claras su importante bagaje artístico. Con un dominio considerable del medio, sin parapetarse en simples coheterías desvirtuadoras, ni en virtuosismos amables de cara a miopes ojos ávidos de ilusiones deslumbradoras, nos sitúa en un colorista escenario de ambigua manifestación que conduce por rutas expresivas susceptibles de dispares interpretaciones y sugestivas referencias mediatas.

 Estamos ante una atractiva exposición de una artista que siente la necesidad de una cómplice mirada. Ella nos conduce por territorios de fácil asunción donde la realidad ha perdido su versión inmediata para patrocinar un universo de presunciones donde la emoción desencadena su extremo compromiso. Acudamos a ella con el espíritu expedito y la mirada abierta. Lo demás, la propia existencia artística cumplirá su máximo credo espiritual.

 

Bernardo Palomo

 


 

CARTA A UNA AMIGA 

 

Querida Patricia:

 

Ya se que debiera haberte escrito esta carta antes.

Tardé. He tenido que salir de la isla para verla con más objetividad y construir para ello este precario bote desde el que te escribo y contemplo todo ese misterio que creo ya no es solo tuyo. Veo que vienen otros muchos, y cada vez las naves serán más grandes y sofisticadas. Mira, los puntos de luz cubren este océano y se aproximan llenos de bodegas vacías.

Impregna de aceite tus pinceles. 

Desde este punto (oscilante) he visto cosas. Cómo se velan y heredan las estaciones en la costura de un mismo lienzo de montaña. He visto como intentabas dominar y organizar los elementos y cómo después te abandonabas a mirar y a contemplarlos, dejando que su propia naturaleza alterase todo tu esfuerzo. Alguna tarde te vi bailar, (jé!) delante de algo, enfrentada a algún tipo de..., yo no se bien que cosa, te acelerabas, ibas y venías. Al principio todo quieto, pero tú seguías danzando algo improvisado, un flamenco, un ritual chamánico, giro y giro, cerco, batida y...zass! Y desde aquí, desde la superficie acuática y oscilante veía cómo la isla sintonizaba con tu danza y parecía abrazarte.

Qué guerra tan bella.
 
La primera vez que llegué a la isla, como llegaron todos y llegaste tú, tras el naufragio y arrastrado por la resaca, tardé en darme cuenta de que aquel vergel era la particular consecuencia de unas obsesivas explosiones atómicas, íntimas, mentales. Hiroshima y Nagasaki. Pero que, y tras miles de años, el árbol más fuerte de la isla, del mundo desconocido, con el que veo que sigues elaborando tus pinceles, volvía a ser un testigo catalizador, primitivo e inalterable, de la conflictiva relación entre el soporte y el soportado, entre tú y eso otro. Entre nosotros y el naufragio. 

Abandonaste a la curiosidad alguna pieza que ya nombraste como, aunque dudases, "cuadro sin terminar" (-Pedro este cuadro se llama finalmente Universos Paralelos, mía culpa que no te avisé). Siempre bailarás encima de un mismo cuadro y el cuadro siempre se te revelará aunque la clepsidra no mida sus alteraciones. Ya. Tengo sed y no llueve, rodeado de agua y al borde de la deshidratación. Atardece, amanece a la vez.

Ahora mírate, te admiro, pareces libre.

Besos.

 

Pedro Huertas.